Sunday, November 26, 2006

Buffet libre

El gordo que está comiendo con la boca abierta a menos de un metro de mi oído es Gerd. Le faltan un par de muelas y le cuesta demasiado tragar, si yo no estuviera aquí es posible que muriera en un par de años de un ataque al corazón, en la celebración del último pueblo arrasado o encima de la última prisionera con caderas anchas y pechos grandes. Caderas anchas y pechos grandes. No es un disfraz fácil si te has pasado casi diez años preparando tu cuerpo para que sea todo lo contrario.
Eres un pastelito muy apetecible. – dice, mientras mastica algo que parece un pastel de crema.
Sonrío y un segundo después el resto de la mesa se comporta como si hubiera escuchado el chiste de su vida. Un segundo eterno, en el analizo las vías de escape, las posibilidades de salir entera si acabo con todos mis acompañantes.
Es todo para ti, Meine Liebe.
Me aprieta el culo con sus manos y me acerca un poco más a sus asquerosos dientes. Por un momento me dan igual las vías de escape. Me conformo con pensar en como estará dentro de una hora. En llegar al hotel y pasar diez minutos en la misma habitación. En cuantos de sus colegas recibirán una parte del cuerpo de su adorado General.

Pasa casi una hora de platos, copas, risas y tonterías de machos con pistolas, hasta que decide que es el momento de disfrutar de otro tipo de placeres. Se levanta de la silla y me agarra del brazo.
Necesito mear – susurra. Intento coger mi bolso pero el cabrón me ha pillado tan desprevenida que mi mano no llega ni a rozarlo. Una principiante a mi lado es la puta Matahari.

Ahora sácala y abre la boca – me retuerce la muñeca y me tira al suelo. Sonrío. No hay marcha atrás. Le bajo los pantalones, el calzón.
Es tan pequeña que casi tengo sitio donde pegar el primer golpe. El puñetazo es seco, no tiene aliento para gritar. Casi no puede ni respirar. La palma de mi mano rompe su nariz. Mi pie derecho disloca su rodilla izquierda. En un minuto todo ha terminado.


No hay ventanas, la única salida es la puerta por la que entramos. Puedo cambiar mi aspecto físico, pero el vestido sería el mismo y ni siquiera me planteo salir con el traje de Gerd. Decido esperar a que a algún otro alemán sienta la llamada de su vejiga. A poder ser que mida 1,65 y que no pese más de sesenta kilos.










Solo falta que suene la música y salga el logo de "Alias". Señor JJ Abrams, sabe que me necesita.
For fans only.

Orden de alejamiento

Fue un disparo a ciegas. Es difícil apuntar cuando tienes el ojo derecho lleno de sangre, cuando acaban de abrirte la ceja de un puñetazo. Hacía solo cuatro días que había comprado la pistola y cuando aquella noche cogió el arma no recordaba si el tipo al que se la compro tuvo el detalle de ponerle balas. Fue su primera vez, no conocía la sensación de poder, el miedo o la seguridad que le podía aportar. Disparó y estuvo tres minutos temblando, preguntándose porque habían parado los golpes. Cuando dejó de sentir que su corazón latía dentro de sus oídos se levantó. Despacio, sin hacer ruido. Ya no tenía el revolver en la mano y en su mente apareció la imagen de su marido delante de ella, loco por aquel patético intento de plantar cara, con la rabia suficiente para dejarlo en otra paliza. Pero todo seguía en silencio. Diez minutos después reunió el valor suficiente para encender la luz y entonces lo vio. Boca arriba, con un gesto de sorpresa que jamás olvidaría. Cayó de rodillas. Lloró. Cuando llegó la policía ella seguía sollozando a dos metros del cuerpo sin vida de su esposo.
Al examinar el cuerpo, encontraron un papel en el puño con el que segundos antes de morir aquel tipo había golpeado a su mujer. Un folio con sello oficial. Una orden de alejamiento.
Al día siguiente su historia estaba en las noticias. Dos semanas después llegaron las llamadas. Entrevistas, programas, más dinero del que había tenido en toda su vida. No aceptó ninguna de las ofertas, pero otros cargaron con el protagonismo. Asociaciones, contertulios sesudos, psicólogos, concursantes de realitys…todos tenían algo que decir.
Cuando se celebró el juicio todo el mundo tenía una opinión sobre el tema, incluido el jurado. Solo hizo falta un buen abogado, uno que ofreció sus servicios gratis por todo lo que aquel caso suponía.

Ella ahora vive tranquila, en un pequeño estudio no demasiado lejos de la ciudad. Poco guarda de aquella vida. Un colgante de plata, un anillo. Un folio con sello oficial. Una orden de alejamiento.










Tirar mano de estilo es algo que hago con frecuencia y este relato es un ejemplo. Tiene algo, pero deja una sensación de Deja Vu poco recomendable.

Z-day

12/12/07
05:45
Faltan diez minutos para el salto y aquí arriba no hay nadie a quien le parezca una buena idea. Algunos rezan, encomendándose a un Dios que parece haber borrado a los Estados Unidos de su mapa particular. Me alisté hace poco más de un mes y ya he oído al menos quinientas versiones de cómo empezó todo. Un arma biológica, el ataque definitivo del puto Bin Laden, demasiada televisión, la madre naturaleza cumple su venganza. Nadie sabe que pasó, pero en menos de quince días la mitad de la población de la máxima potencia mundial se estaba comiendo a la otra mitad. Literalmente.
Suena el pitido, la luz roja. Es hora de ganarse el cheque.


14/12/07
14:42
Inteligencia. Bonito nombre para un puñado de incompetentes. La caída fue mal, es muy difícil pisar tierra cuando apenas la ves y veinte dentaduras luchan por un pedazo de tus piernas. De los pocos que conseguimos tocar suelo solo la mitad llegamos al punto de encuentro. Cuatro hombres, dos fusiles, tres cargadores y una radio. Las noticias tampoco son alentadoras. Es casi imposible avanzar por tierra. Y ellos siguen igual. Llegan a la frontera deslizándose y cuando pisan suelo extranjero dan la vuelta. Lo mismo pasa con México.
Los zombies son patriotas.


15/12/07
01:25
Si queréis un buen consejo, no les disparéis a la cabeza. Olvidar todos esos tópicos, eso de que comen cerebros es una soberana chorrada. El otro día vi a tres comiéndose unas Nike, calcetines incluidos. Si huele a humano, es comida. De nuestro "grupo de asalto" quedamos dos. Mi acompañante, un francés con mala leche y más ilusión por vivir que la Reina Madre.
Tío, si lo conseguimos nos llevamos la pasta de todo el equipo. Mucho dinero.
Si lo conseguimos me hago vegetariano.
Dinero. Eso es lo que nos trajo aquí. "Alístate. Ayuda a los aliados. Haz tus sueños realidad". No nos apuntamos para devolver antiguos favores, quien lo diga miente o está completamente loco.
Mañana al amanecer entraremos. La luz del sol los deja como si se hubieran bebido media destilería del tío Jack.




16/12/07
08:45

La buena noticia es que tengo en mi mano derecha lo que hemos venido a buscar. La mala es que no tengo mano izquierda. El francés se quedó junto a ella y el resto de mi brazo en la entrada. Zombies con trajes de chaqueta, con chalecos antibalas y muy mala leche. O tienen memoria de lo que eran antes de morir o saben lo veníamos a buscar. Contraespionaje zombie. Sí, estoy empezando a delirar.
Pegaso, aquí Icaro. Paquete listo para la extracción.
Recibido Icaro. Suba a la azotea, en cinco minutos llegará su taxi. ¿Pasajeros?
Casi uno.
Aprieto el torniquete para que el dolor me despeje un poco y me de el valor suficiente para llegar arriba, sin pensar en cuantos encontraré en el camino o en si son ocho o nueve las balas que quedan en mi último cargador.
Pienso en mi cheque multiplicado por dieciséis, en la sonrisa de mi ex –mujer, la visión más horrorosa de la tierra. Y abro la puerta.











El resultado de escribir lo que me da la gana. 24 meets the zombies, a mi me encanta porque tiene ritmo y lo pasé muy bien escribiéndolo. Si no os gusta es problema vuestro.

Hellae

Es bastante complicado detener una bala. En una habitación en completo silencio, a unos diez metros del tirador y con poco más de media hora de preparación, las probabilidades de lograrlo estarían a la par con las de ni siquiera darte cuenta del disparo. En una taberna llena de seres hostiles que al hablar causan un insoportable martilleo en el poco desarrollado oído humano, si consigues detenerla una décima de segundo es que la diosa Fortuna ha decidido sonreírte. Es más tiempo del que Nyzt necesita.
Una décima de segundo y ya no está.
El giro del tobillo suave y violento, las manos atravesando carne. Intento leer en su mente el siguiente movimiento. Nada.
- Le debo una, Doc – su espada cortando extremidades. Pensamientos prohibidos.
Nos rodean, pero parecen más hospitalarios. Nyzt disfruta de su obra. “Que alguien vuelva a intentarlo”. Nadie más lo intenta y al poco tiempo el lugar vuelve a su actividad cotidiana. Tensa tranquilidad. Segundos después aparece Mellar.
- Está todo preparado – dice.
Mellar abre puertas. Sabe con quien hablar, donde preguntar, cuanto pagar. Su mente es un laberinto, barreras y callejones sin salida. Sus ojos no reflejan sentimientos. Sólo habla cuando tiene algo que decir.
El tipo de ser del que jamás te fiarías.
Salimos del antro con cientos de ojos observándonos, esperando la oportunidad. Nuestras cabezas suben de precio cada hora, según los últimos rumores trescientos mil dlagras por el equipo completo. Especifica claramente que sólo están interesados en las cabezas. Nyzt acaricia la empuñadura de su espada mientras camina. Necesidad reprimida.
Tres calles después un enano verdoso nos espera. Susurra algo en nuestro idioma, pero no logro distinguir las palabras. Mellar se disculpa y nos pide un par de minutos de intimidad con su “amigo”. Nyzt estudia la zona, esta vez su mente es clara. Emboscada. Vías de escape. Sangre. No sé cuanto le han pagado, pero me encanta tenerlo en mi bando.
- Problema solucionado. Sigamos al pequeño moco – Mellar el silencioso reaparece. Como siempre, su tono de voz es perfecto. Una leve sonrisa se dibuja en sus labios.
No puedo creer que estemos tan cerca. Puedo sentirlo, pero intento disimular mis emociones. Nyzt piensa en la recompensa, en el dinero, en un bosque rodeado por dos mares. Mi motivación es muy diferente. Yo hubiera hecho este viaje gratis, incluso habría pagado porque mis manos fueran las primeras en tocarlo después de tanto tiempo.
Seguimos avanzando despacio hasta los límites de la ciudad, donde nuestro guía se detiene, demasiado cerca de la arena negra.
Empieza con un susurro y su voz va subiendo tonos, en un cántico incomprensible. Sus dedos tiemblan. El suelo tiembla a su ritmo. A lo lejos, un torbellino viene directo hacia nosotros. Ante nosotros una leyenda se materializa.
- Caballos Dwealigh – Nyzt suspira de pura admiración.
Cuentan que hubo un tiempo en el que en lugar de arena negra la ciudad estaba rodeada por verdes praderas. Cuentan que caballos salvajes protegían a sus habitantes. Cuentan que algunos de ellos sobrevivieron, que corren para escapar del destino. Sus mentes cuentan otras historias.
El resto del viaje es a ciegas. Volamos dentro de una eterna tormenta de arena. Es en ocasiones como esta cuando bendigo mis capacidades. Ver con los ojos de un Dwealight. Lágrimas brotan de mis protegidas pupilas. Nyzt no ve nada, pero disfruta del recorrido a su manera. Escucho ecos de sus gritos entre el soplido constante. Emociones fuertes para un guerrero que pensaba haberlo vivido todo. Mellar va delante, junto al diminuto mago. No parecen sentir emoción alguna.
Nuestra velocidad disminuye, una sombra marca el horizonte. A medida que nos acercamos la imagen se hace más clara. Hasta que no rozo con las yemas de mis dedos las puertas de acero no me convenzo de que no estoy frente a una ilusión.
- Bienvenidos a las puertas de Hellae – la voz del enano ahora suena grave, como si escucháramos a un ser milenario.
Historias de mi infancia invaden mi mente. Sueños, promesas de adolescencia, oraciones silenciosas. Una cita a ciegas con el destino.
Mellar examina la entrada. Por primera vez en cuatro meses, detecto una duda, un destello de admiración. Hasta ese momento siempre pensé que no lo necesitábamos, muchos tipos hubieran hecho su trabajo por un tercio de lo que él pidió. Mellar abre puertas. Literalmente. De la nada aparece un portal, una macha oscura sobre el metal. Un pórtico.
- Adelante.
Y después todo ocurre demasiado rápido.
Dos pasos y un ejército nos corta el paso. Armaduras hechas huesos, miles de muertos las portan. Y una legión de espíritus lo protegen , cuentan los ancianos en todas las regiones. Y nunca nadie pudo superarla .
Nyzt ejecuta el primer ataque. Es un acto suicida, un movimiento instintivo. Durante unos minutos consigue abrirnos paso, parece no desfallecer. El hombrecillo verde desaparece, sin decir o sentir nada. Mellar abre una puerta hacia el otro extremo de la sala, hacia la zona despejada.
- ¡Nyzt, aquí ahora! – grito, pero no me hace caso. Mellar me empuja dentro del pórtico. La última vez que veo a Nyzt está entre brazos y dientes, cubierto con su propia sangre. Con una sonrisa demente en su rostro.
Corremos por un gran pasillo. Espejos en lugar de ventanas. No hay tiempo para lamentarse o tregua para respirar. Hasta que llegamos a la última barrera.
Tres puertas iguales.
Mellar se toma su tiempo, acerca su dedo a la boca. Silencio absoluto. Por un instante, parece que las puertas le susurren secretos. Por fin, se decide por una de ellas y la abre. Se gira y sonríe.
- Ya estamos – detecto su segunda y última emoción. Pánico. La puerta lo absorbe, se cierra. Desaparece.
Dos puertas. Si tuviera una moneda y mis manos no temblaran lo echaría a suertes. Abro la más cercana. Y allí está.
Al final de un camino despejado. Demasiado fácil. Avanzo muy despacio, atento a todos los sonidos, a cualquier presencia inesperada. A dos pasos de conseguirlo sucede. El aire se corta en un coro de silbidos.
Es bastante complicado detener cincuenta flechas que van directas a tu corazón.










El principio me encanta, esta vez si que queda bien el enlace con el final. Lo primero que escribo estilo aventura y seguramente lo último, prefiero verlo en pantalla.

Mesa reservada

Mi infierno es un tablao flamenco. Según me han explicado al llegar, cada persona tiene el suyo. Para el tipo que tengo al lado, ahora mismo estamos en un restaurante vegetariano. Pese a la curiosidad no he encontrado oportuno preguntarle por qué.
- Tengo que salir de aquí. No soporto a la gente que no come carne – mi acompañante me mira justo en el momento en el que Camela se arranca con la décima canción. - Amigo, creo que esto es sólo el principio – niega con la cabeza y me mira desesperado.
Si se preguntan cómo he llegado hasta aquí, la historia debe comenzar con mi muerte. Un sábado por la mañana, un semáforo en rojo, un conductor bebido, un infeliz que pensó que la mejor forma de ponerse en forma es correr por la ciudad. Atropellado por un Seat Ibiza en mi segundo día de vida sana.
- ¿Puedo darle un mordisco? - ¿Perdone? – esa pregunta en los labios de un hombre no suena nada bien. - Necesito pegarle un bocado.
Al intentar levantarme para ir hacia la mesa de al lado, una mujer vestida de sevillana me agarra del hombro y me encaja en mi asiento. Sin mediar palabra, comienza a dar palmas. Cuatro folclóricas más, aparecen e imitan a su compañera. Me doy cuenta de que todo el mundo tiene una imagen idílica del infierno.
Justo cuando el tipo sentado a mi lado parece perder la vergüenza y me agarra la mano, los gritos de dolor flamenco desaparecen. Pese a ser un hombre de apariencia débil, casi consigue llevarse mi dedo índice a la boca.
- Bienvenidos al Infierno – el caníbal suelta mi mano, parece hipnotizado por la voz de aquel cantaor. - Déjenme que les explique cómo funciona esto – mientras habla, me doy cuenta de lo mucho que se parece a Juanito Valderrama. El Cielo está, digamos que “completo”. De todas las solicitudes que se han cursado hoy, ustedes son los dos seres más dudosos de todos los que deberían acceder. Así que esta reunión es para decidir quien se queda conmigo.
El caníbal le mira angustiado. Creo que para sus ojos ha tomado la forma de una ensalada de col.
- ¿Y cómo se va a decidir? ¿Por curriculum?- Sí.
En el escenario, Camela versión diabólica comienza con un nuevo tema, con esas bases electrónicas tan significativas. Tengo que salir de aquí.
- Veamos. Por un lado tenemos a Roberto Guzmán, empleado de banca en México. Hombre ejemplar, padre de familia como pocos, en sus horas libres se dedicaba a comerse los cadáveres de la gente incauta que, engañada por créditos con grandes ventajas, accedía a reunirse para una primera “toma de contacto”. Murió atragantado por una señora de 110 kilos.
Hay vicios que uno no pierde ni en el Infierno. Roberto mira mi mano con deseo, no debo tener mala pinta pese a que estoy muerto, lástima que ahora mismo mi ego no sea mi mayor preocupación. A ver, qué demonios tiene contra mí Juanito.
- Por otro lado tenemos a Pedro Martínez, diseñador de páginas web. Soltero sin compromiso, es socio de Greenpeace, Cruz Roja y ha apadrinado a tres niños. - ¿Eso es malo? – mi frase suena como el “protesto señoría” de las pelis de juicios. - No. Pero sí lo es si las páginas web que diseña son de contenido pornográfico. Para ser más exactos, ciento cincuenta y seis sitios donde el sexo campa a sus anchas. - Pero eso es legal – respondo indignado.- Para el de allí arriba no – sonríe mientras me guiña el ojo –, pero para mí no hay ningún problema.
El caníbal cada vez está más nervioso, si su corazón aún funcionara estaría a punto de estallar. En un gesto tan rápido como surrealista, se mete la mano en la boca y empieza a masticar.
- Este tipo de comportamiento seguro que no está bien visto en el piso de arriba…- intento ser más listo que el diablo – imagínese si llegan a verlo hacer algo así. Podrían pensar que no le está prestando mucha atención a su trabajo. - Jejejejejeje – parece que le ha gustado mi comentario – igual hasta me despiden. - Imagínate.
Juanito levanta una ceja y las folclóricas se llevan a Roberto. Se acerca a mí con pasos cortos.
- En realidad aquello es muy aburrido – me susurra al oído –. Vas a echar de menos tu trabajo.
Y entonces pierdo el conocimiento.
En las puertas del Cielo, San Pedro me mira con suspicacia. Sí, “soy el descarte de Satanás, ¿qué pasa?”. Antes de dejarme cruzar hacia el Paraíso eterno, me da una bolsa de mano con un ángel dibujado en el centro. Dentro, una carta de bienvenida y un doble dvd.
Los mejores momentos de tu vidaEdición especial (con partes censuradas y comentarios del Señor)Incluye un segundo dvd con Cómo hubiera sido tu vida si hubieras seguido en el buen camino
Estoy seguro de que Juanito estará disfrutando con esto.










Mi sentido del humor en horas bajas. El final es una chorrada, pero tiene trozos interesantes.

Lejos del cielo

I.


Remiel se posa en el tejado y sacude las alas en un gesto tan innecesario como espectacular, una especie de sello personal que adora. Ksiel le espera sentado entre las descuidadas estatuas con forma de mujer, pequeñas obras de arte demasiado alejadas del suelo para ser admiradas, para que a alguien les importe su aspecto.
- He terminado con mi lista – Remiel se sienta a su lado, le da un ligero golpe con el hombro derecho. - ¿Cuántos? – pregunta Ksiel.- Veintidós – Remiel saca un folio doblado en cuatro pliegues. - De cincuenta y cuatro – Ksiel le arrebata el papel de las manos – Pocos.
. La chica de la puerta 12 llevará a su hijo al médico gracias a una infección de oído.. El hombre de la puerta 9 irá al banco a reclamar un pago que no ha autorizado.. La mujer de la puerta 18 acudirá a una entrevista de trabajo a la que ha sido convocada por error. . El anciano de la puerta 4 viajará a primera hora a la ciudad donde viven sus hijos, para arreglar unos papeles y aplacar un arrebato de melancolía.
- Pocos – repite en voz baja mientras sus ojos continúan recorriendo el listado. - Ahora vuelvo.
Remiel se deja caer y despliega sus alas en el aire. Las tensa, se eleva. La ventana está cerrada, parece que no hay nadie en casa. Odia tener que atravesar paredes, le hace sentir como un intruso. Odia invadir la intimidad de la gente. A oscuras, se guía por el ruido, le lleva hasta su objetivo. Odia las jaulas, la soledad impuesta.
- Remiel, el ángel de los animales – susurra su compañero al verle llegar con un loro multicolor revoloteando a su lado. - Jamás pone ninguno en sus listas – se excusa – sabes que no es justo. - No creo que le importe.


II.


Ksiel se posa en el suelo y esconde las alas, en un gesto tan triste como incontrolable, una especie de sello personal que detesta. Remiel le espera sentado sobre las destrozadas estatuas con forma de mujer.
- Treinta y dos. - Demasiados – afirma Remiel.- Ahora vuelvo.
Ksiel camina entre los escombros. Cuerpos destrozados y vidas robadas. Odia lo que ve, siente una impotencia infinita. Odia esperar a que suceda sin poder intervenir. Despliega su lista.
. La niña sin brazos de la entrada hubiera escrito novelas policiacas. . El hombre con la cabeza incrustada en el escalón era camarero, nunca podrá invitar al cine a la chica de la pastelería.. La mujer que se quedó intentando salir por la puerta cantaba canciones de jazz en el café de la esquina.. El chico con el niño en sus brazos no llegó a enamorarse.
Sus ojos recorren el listado. Durante varios minutos piensa en ellos, en lo que nunca verán, vivirán, sentirán. Fuera, en la distancia, Remiel se pregunta por qué Ksiel guarda todos los nombres, por qué conserva los listados. Como muchas otras veces se promete a sí mismo interesarse.











Soy fan de Wenders y sobre todo de "El cielo sobre Berlín". Un relato de contrastes y luces contra sombras.

Disfrutando del año pasado

- Es posible que todo se termine. Si nadie hace algo para impedirlo, si no nos damos cuenta de…
Lo juro. De lejos parecía simpática, una chica muy agradable. Sus codos apoyados en la barra, su mirada perdida. Hace diez minutos me preguntaba por qué estaba sola, por qué nadie la invitaba a una copa o le hacía alguna pregunta estúpida. Decidí acercarme a ella. Puede que fuera la curiosidad, quizás lo bien que le sentaban los vaqueros. Y he de decir que al principio fue muy amable. Más o menos hasta los cinco minutos de monólogo. Yo no soy un tipo demasiado hablador, me gusta escuchar y doy buenos consejos, pero ni siquiera me ha dejado decir hola.
- …además, creo que no podría ocurrir nada peor. La situación actual del cine estadounidense es lamentable, tanto por la falta de ideas como por la influencia de las producciones que…
La miro interesado mientras repaso lo que tengo que hacer mañana. Comprar el periódico. Pasear por el parque. Puede que ir al cine por la tarde, a ver una estúpida comedia americana.
- ¿Me pones trece Heinekens? – la voz de un ángel que pide grandes cantidades de alcohol. Nada mejor para sacarme de mi más que interesante reflexión.
Una voz como el trailer de una peli de verano, promesas de intenso argumento y final feliz. Me giro despacio, no porque la máquina de emitir palabras que tenía ante mis ojos se fuera a molestar. No, quería tener unos segundos para imaginarla. Segundos que no podrían hacerle justicia.
- Si pides otra más no vas a poder llevarlas… ¿o piensas tomártelas aquí? - No. Pensaba pedir ayuda a algún desconocido – me mira, por unos momentos me quedo sin palabras – pero veo que ya estás ocupado – dice mirando hacía la chica que, por supuesto, aún no ha parado de hablar. La situación me recordó a los dibujos animados, cuando uno de los personajes tiene a los dos extremos de su conciencia susurrándole al oído.- Seguro que no notará mi ausencia – sube las cejas, un gesto de exagerado asombro.- Entiendo – asiente con la cabeza – yo llevo siete y tú el resto.
Dos minutos después, cargamos con las cervezas y nos alejamos de la barra despacio, esquivando gente. Aún escucho la voz de la cotorra, un canto de sirenas diabólicas que se pierde con la distancia. Sigo a mi rescatadora, el contoneo de su trasero me sirve de guía. Al llegar a nuestro destino, me doy cuenta de que en ningún momento me he planteado para quien sería tanta cerveza, si se trataba de una fiesta de compañeros de trabajo o tal vez solo quería beber como una loca y dar a un pobre diablo la noche de su vida. Mi en mis más fantasiosas fantasías hubiera dado con la respuesta correcta.
- Ya estoy aquí, chicas – doce mujeres despampanantes aplauden como locas. Debo estar en la sala vip, están sentadas alrededor de una mesa redonda. Miro al cielo y doy gracias al Señor, le prometo que seré bueno desde mañana por la mañana – este es…- Michael – digo, simulando confianza y autocontrol.- Encantada Michael – me besa la mejilla, sonríe. Estoy tan paralizado que debo parecer un maniquí – te presento al año 2003 de la revista Playboy.
Se levantan una a una, por orden mensual. En Abril una parte de mi cuerpo me lanza un aviso. Intento pensar en otra cosa. Repaso lo que tengo que hacer mañana. Pasear por el cine, comprar un parque. Llega Julio y no tengo nada que hacer, no hay forma de disimularlo. Acerco sutilmente las cervezas heladas que aún tengo en mi mano derecha a la zona en cuestión. La idea funciona hasta Octubre, Noviembre y Diciembre se dan cuenta de la situación, pero no parece que les importe demasiado.
Las dos horas siguientes las paso perdido en el año pasado. Me cuentan que se han reunido para celebrar el fin de rodaje del vídeo-calendario oficial, que durante los últimos trece días se han hecho muy amigas. Pasan los minutos entre anécdotas que cualquier tipo mataría por escuchar.
- ¿Y la chica con la que vine? – pregunto a Mayo, intentando clavar mi mirada en sus ojos azul cielo.- Elsa es Miss Playboy internacional. Elegida entre las mujeres más hermosas del planeta.
Ahora no me voy a acobardar. De camino a Elsa (y no está demasiado lejos), Febrero me guiña el ojo, Septiembre se muerde el labio inferior en uno de los gestos más sexys que he visto en mi miserable vida.
- Quiero darte las gracias. Es como un sueño hecho realidad. - De nada. No todo el mundo puede decir que ha estado con el 2003 al completo.- No. Me refería a haberte conocido – la frase me sale sola, aunque al escucharme me siento un poco cursi. Y decirla mientras le miro el sujetador y me pregunto de que demonios será la mancha que lo adorna le quita credibilidad. - Eres encantador – sonríe, la sala se ilumina.
Media hora después, agarra mi mano y nos vamos en silencio. Pasamos por la barra, vemos a la chica parlanchina, hablando con otra pobre víctima. En la puerta, una limusina nos espera. Me prometo a mí mismo que me suscribiré a esa bendita revista.
El olor a huevos fritos me despierta. Lo primero que veo al abrir los ojos es el sujetador negro, descansa sobre una mesita de noche de estilo victoriano. Vaya. No era una mancha. Bordado, en un blanco radiante, el famoso conejito presidiendo la prenda.

Una tonteria, pero tiene algo de gracia. El resultado de unas directrices complicadas y una imaginación calenturienta.

Completando el once inicial

Peter Millar miró por décima vez los papeles que llevaba en sus manos. La situación era delicada y sin duda podría tener consecuencias desastrosas, pero segundos antes de entrar en el despacho y dar la noticia, no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
- ¿Tenemos ganador? – su jefe también sonreía, pero con un gesto exagerado. Como un hombre poco acostumbrado a dar muestras de felicidad y que cuando lo hace el resultado es demasiado grotesco. - Lo tenemos – Peter le entregó la carpeta. Contó mentalmente.
1,2,3 Está leyendo.4,5,6 La sonrisa parece más forzada. Más grande.7,8,9 La expresión de sus ojos cambia. 10,11,12 Relee el último dato.13 Adiós a la simpatía.
Donner se acercó a su empleado, intentando no mostrar pánico a sus invitados. Se acercó a su oído.
- Dime que es una broma y te prometo que no habrá represalias. - Me temo que no. Lo he comprobado personalmente – doce veces, pensó Peter.- ¿Y las bases? ¿Es que el notario no tiene nada que decir? – le costaba mantener la calma.- Las he leído de arriba abajo. No pone nada sobre eso.
Donner se acarició la sien e intentó recuperar la falsa alegría antes de girarse.
- Señores, tenemos un pequeño problema.
***
Un pequeño problema que comenzó tres meses antes, el día en el que Coca-Cola dio a conocer su nueva promoción. Exactamente en el momento en el que el repartidor entregó a George Dawson los dos posters junto al pedido habitual de tres cajas de botellas.
- ¿Y esto? – preguntó sin demasiado interés. Ni siquiera tuvo la curiosidad suficiente para desenrollarlos y echarles un vistazo. - Es lo último. Coca-Cola entra en el maravilloso mundo del reality.
George entró en su viejo bar y quitó el trozo de celo que aprisionaba tan sorprendente noticia.
La foto de un chico joven con un balón de soccer en su mano izquierda. En su mano derecha, una botella de Coca-Cola, con la etiqueta un poco más roja de lo normal. Debajo, letras presentando la función.
COCA-COLA Y LA FEDERACION NACIONAL DE SOCCERPRESENTAN
COMPLETANDO EL ONCE INICIAL
George leyó las bases, tres veces en diez minutos. La incredulidad lo paralizó, hasta el punto de no darse cuenta de la presencia de su mujer.
- ¿Buenas noticias? – le preguntó mientras acercaba su mirada al cartel. - Han perdido la cabeza. Esto es totalmente inconcebible. - Completando el once inicial. No suena mal.
George la miró extrañado, como si hubiera dicho una barbaridad. ¿Cómo se sentiría ella si hicieran algo así con su adorado beisbol?. Todavía no podía creerlo. Necesitaba unos minutos de intimidad para poder asimilarlo.
- Me voy al baño.
George se bajó los pantalones y se sentó en la taza. No tenía ninguna necesidad fisiológica, fue más bien un acto reflejo. Cuando uno se sienta en el water lo hace sin pantalones. También me podía haber sentado en la tapa, pensó. Segundos después volvió al tema que le había llevado hasta allí. La incredulidad y la indignación competían en su cabeza.
Que el futbol europeo no tenga mucha afición en este país no quiere decir que la solución sea montar un concurso de este tipo. Puede que la cosa funcione a nivel de público, pero…¿y el respeto a las leyendas?. Pele, Di Estefano, Cruyff, Maradona…¿que pesarán ellos de esta fantasmada?. Y además no hay ni que saber jugar. Basta con reunir cinco mil etiquetas de botellines de Coca-Cola para poder participar en el sorteo. Cualquier desgraciado podrá jugar en la selección. Incluso una mujer. ¡Y contra España, nada menos!. Están totalmente locos.
Y entonces alguien llamó a la puerta de su privacidad.
- ¿Georgie? – este se quedó pálido. Hacía siglos que nadie le llamaba así, que no escuchaba esa voz.- ¿Papá?- Menudos meaderos tienes montados, parecen pilas bautismales. Hijo, sal un momento, tengo algo que decirte.- Prefiero estar aquí – dio gracias al cielo por haberse bajado los pantalones.- Como quieras, chaval.
Cinco minutos después, justo cuando Emily empezaba a preocuparse por el estado de su marido, este apareció frente a ella.
- George, querido, se me ha ocurrido algo mientras estabas haciendo tus cosas. Creo que deberías…- Presentarme a ese concurso. Sí, a mi padre también le parece una buena idea. Se me acaba de aparecer para decírmelo. - Ah, entonces no se hable más.
***
En la sala de reuniones de la sede central de Coca-Cola, Peter Donner exhibía su ya característica sonrisa. En los últimos días había aprendido a vivir con ella, y aunque su mujer ahora le llama “Joker”, él ésta convencido de que ahora es un hombre más querido. Se sentó junto a Michael Reed, justo frente a George.
- Señor Dawson, es un placer conocerle en persona. Espero que haya tenido un buen viaje.- De lujo.- Perfecto. Le presento al presidente de la Federación Americana de Soccer, el señor Reed – delgado, con gafas de pasta y medio calvo. El paradigma del futbol, pensó George.
Tras los saludos de cortesía comenzaron las negociaciones.
- Verá, nos gustaría hacerle una oferta, en vista de las circunstancias, creemos que sería mejor que usted ocupara el puesto de entrenador durant…- ¿Qué circunstancias? – le interrumpió George. - Tiene setenta y seis años.- En las bases no especificaba ningún límite de edad. - Cierto. Pero creemos que para usted será más gratificante el poder entrenar al equipo nacional en un choque de tanta importancia – Reed intentó razonar, salvar un poco la situación. - Quiero jugar. De delantero centro – George imitó la risa de Donner, disfrutando de lo cómico de la situación. Reed negaba con la cabeza mientras se quitaba las gafas. - Le recuerdo que el premio incluye dos semanas entrenando con el equipo. Trabajos físicos a nivel de deportista de elite – por un momento Donner abandonó la sonrisa.- ¿Cuando empiezo?
***
Sentado en el vestuario, mientras se ponía las botas que cuatro días antes le había regalado Ronaldinho en el programa de Jay Leno, fue cuando los nervios hicieron acto de presencia. No los había tenido en las tres semanas de intensa promoción, en ninguna de las cadenas de televisión a las que había sido invitado o los actos a los que había tenido que asistir. Era en ese momento, a treinta minutos de comenzar el partido de su vida. Claudio Reyna, líder indiscutible del medio campo del equipo se acercó a George.
- Georgie, hay que salir a calentar.- Voy, dame sólo un par de minutos. - Las gradas están llenas. El público te espera – Reyna aplaudió y se llevó a los chicos por el túnel de vestuarios que llevaban al campo.
George pasó esos dos minutos callado, esperando que su difunto padre se le apareciera.
***
Al minuto ochenta y ocho cualquier muestra de nervios había desaparecido por completo, dando paso a una mezcla de cansancio físico y frustración absoluta. En ese tiempo había tocado tres balones, y cada cual con peor resultado. En el primero recibió la pelota de espaldas, cerca del área. Cuando giraba la cintura para mirar dónde estaba la portería, voló. Creyó que era cosa de su padre, que lo elevaba a los cielos para el desmarque perfecto, pero la fantasía terminó cuando sus huesos chocaron contra el suelo. Segundos después, el médico del equipo le dijo que Puyol le había quitado la pelota limpiamente, y que lo mejor sería que le cambiaran. George comprobó que podía mover todos los músculos y volvió al terreno de juego. El segundo balón fue un poco más humillante. Valerón avanzaba driblando con habilidad en el centro del campo, y George pensó que nadie chulea así a la selección de su país. Se acercó decidido a pararlo de cualquier forma, aunque le costara una tarjeta. Con un suave movimiento, el diez de los españoles le pasó la pelota por debajo de las piernas, y en un gesto de reflejos George golpeo suavemente el esférico con el tacón y volvió a besar el suelo. Era el minuto cuarenta de la primera parte. En la banda, mientras le echaba agua milagrosa, el médico insistía en el cambio. Lejos de allí, en su viejo bar, sus amigos compartían la preocupación de su mujer.
- Te apuesto diez pavos a que vuelve en camilla – le dijo su hermano.- Veinte. Parece mentira que no lo conozcas – sentenció Emily.
El tercer balón hizo que la grada emitiera un gruñido de asombro y preocupación. Corría el minuto treinta y seis de la segunda parte cuando Baraja se disponía a lanzar una falta cerca de la media luna del área. George se puso en la barrera y se tapó sus partes. Lastima que la pelota no fuera hacía allí. Cuando recuperó la consciencia, el médico le preguntaba cuando dedos veía. Demasiados, pensó. El cambio estaba en camino, un joven de dieciocho años calentaba en la banda. George se levantó, intentado demostrar que podía seguir sin ningún problema.
En el minuto noventa y dos, Estados Unidos forzó un corner. George estaba en medio campo y le costó Dios y ayuda llegar al área rival. Se quedó en el pico contrario al corner, intentando recuperar la respiración. Reyna centró. Balón pasado, al segundo palo. George avanzó un poco, siguiendo con la mirada la trayectoria de la bola, casi no se dio cuenta de que Helguera le estaba agarrando de la camiseta y lo estaba dejando medio desnudo. George perdió el equilibrio, se iba de lado. En ese momento, la bola le golpeo con fuerza, haciéndole caer hacía el lado contrario, como si un boxeador le hubiera dado un buen derechazo. En el suelo, vio a Casillas lanzarse como un gato y como sus dedos rozaban el balón. El grito del público, la alegría desatada. El médico saltó al terreno de juego a toda velocidad, mirando con una pequeña linterna las pupilas de George. - Como se atreva a cambiarme juro que le mato – le dijo mientras intentaba levantarse.
No hubo tiempo para más. España había goleado a Estados Unidos por seis a uno. El público obligó a George a dar la vuelta al estadio, gritando su nombre como si se tratara de una estrella de rock.
***
Cuatro meses después, cuando el mundo empezó a perder el interés por su vida y por los secretos de su alimentación, cuando las llamadas de marcas deportivas y bebidas energéticas se habían reducido a dos por día, George empezó a sentir que su vida volvía a la tranquila rutina. A fin de cuentas no resultó una mala experiencia. Acababa de reformar su bar, ahora era el doble de grande y se acercaba mucho más a lo que el consideraba una taberna irlandesa. Frente a la barra, su camiseta con el número nueve, la foto del once inicial. Lo único que conservó de la antigua decoración fue la taza del water, aquella en la que habló con el fantasma de su padre sobre la vida y lo bonito que sería marcarle un gol a España.










Otro que triunfó en los pvs, un juego privado con una frase que odio profundamente. "Si te esfuerzas puedes conseguir cualquier cosa". Estira del hilo y tienes este relato.

Más allá del arco iris

Lyman Baum salió de la casa y se sentó en la pequeña y descuidada escalera. Sus temblorosas manos rebuscaron en los bolsillos de chaqueta, a duras penas consiguió que la llama de su mechero entrara en contacto con el cigarrillo. En los tres años que llevaba en Arkansas nunca se había enfrentado a algo así. Su trabajo se limitaba a investigar casos de robo de ganado y pequeñas disputas familiares.
- Se ha despertado – Anunció una voz profunda, acentuada por la gravedad de su tono.
Tom Gale era un buen hombre. Cuidaba de su familia, no se metía en líos, se ocupaba de sus asuntos. Lyman se levantó y se acercó a la puerta. En el umbral, con la escasa luz que ofrecía la bombilla que alumbraba la entrada, el padre de Dorothy parecía dispuesto a llegar a las puertas del infierno.
- Ya sé quien ha sido. Vamos – Gale levantó su brazo derecho y le mostró la escopeta que hasta ese día solo tuvo como blancos a conejos y liebres.
- Déjeme hablar con ella un momento. No nos queremos precipitar – Lyman intentó tranquilizarle. A duras penas lo consiguió.
* * *
Veinte minutos después, conduciendo a toda velocidad por la carretera estatal, supo que ya no había marcha atrás.
- Dorothy parece estar bien. Aunque no es capaz de recordar casi nada. - Ha recordado lo suficiente. - ¿Qué va a hacer, llegar y pegarle un tiro?- Sí. Varios. - Si hace eso tendré que detenerle.- Haga lo que tenga que hacer.- Bien.
Lyman conducía. “Cómplice de asesinato”, pensó.
- Si encontramos pruebas y es culpable, puede que podamos solucionarlo. Debe dejarme manejar el asunto – Intentó controlar la situación.- Si es culpable le meteré una bala entre ceja y ceja.
Lyman sacó su revolver y comprobó que estaba cargado. No tenía ni idea de cómo acabaría todo.
* * *
Al llegar a la granja todo parecía tener sentido. Saltaron la valla y caminaron por un camino de baldosas amarillas. Lyman abrió la puerta del granero. Encima de ella un cartel avisaba “Prohibido el paso. Trucos de magia.” Un espantapájaros con un traje azul, una estaca clavada en su espalda. Una especie de muñeco gigante fabricado con latas Campbell. Un león escuálido dentro de una jaula demasiado pequeña. Sin duda era el sitio. Tom Gale miraba encolerizado. La luz se encendió.
- ¿Qué demonios hacen aquí? – un anciano de poco estatura y prominente calva apareció frente a ellos. - Hijo de puta… - Gale le apuntó. Acarició el gatillo.
La cara del anciano reflejaba puro pánico. Si era culpable, interpretaba muy bien el papel de inocentón.
- ¿Para que son todas estas cosas? – preguntó Lyman. Una oportunidad antes de que Gale dispare. - Soy mago. Actuó en ferias del condado. - ¿Y el león?- Por Dios santo ¿me van a disparar por tener un león? Tengo todos los papeles en regla.
Gale se acercó un poco más al viejo. En un rápido movimiento le golpeo con la culata de su arma. El anciano se retorcía de dolor.
- Si vuelve a pegarle seré yo quien dispare – amenazó Lyman señalándole con el dedo.
Lyman se agacho y examinó la brecha que llenaba de sangre la cara del viejo.
- ¿Se encuentra bien?- No. Están ustedes locos. - Lo siento, mi amigo esta un poco nervioso. - Debería vigilarle m…
Un disparo terminó con la conversación. “Una bala entre ceja y ceja”, pensó Lyman. Al girarse se quedo sin palabras, se le secaron los reproches. Vio a Tom Gale, con la escopeta en una mano y el cadáver de Toto en la otra. El cachorro tenía el cuello partido. Al fondo, pegado a la pared de la salida, un arco iris de cartón. El camino a casa.

O lo amas o lo odias. Para mi, lo mejor que he escrito hasta el momento, pero entiendo perfectamente a los que no le gusta nada.

Imaginando futuros imperfectos


En esta ciudad los autobuses no tienen horario. Para llegar puntual al trabajo debes estar en la parada al menos cuarenta minutos antes de la hora de entrada. Casi todos los días vuelvo a casa caminando, variando la ruta según mi humor. Si acabo harta de los clientes bajo a los jardines del río. Paseo entre corredores aficionados y chavales que entrenan para el partido del sábado. Conozco el nombre de la mayoría de los perros que corretean entre los arboles. No tengo ni idea del nombre de sus amos.
- Aquí viene.
Santi me tiende la mano. Sonríe. Guardo esa imagen en mi mente, para cuando se apaguen las luces y este sola.
No es la vuelta a casa que había planeado. Quería un paseo por la ciudad. Estirar la tarde, evitar la noche. He intentado disimular la tos, pero el aire helado esta mermando mis débiles defensas. Después de negociar un rato he conseguido que no volvamos en taxi.
Dos sitios juntos. Limpio el empañado cristal con la manga de mi chaqueta de lana. El conductor arranca y segundos después empieza a llover. “Más melancolía y no llegaré al hospital”.
Abandonamos la plaza del ayuntamiento lentamente, la curva es muy cerrada y la gente no le tiene demasiado respeto a los dos semáforos que les avisan del peligro. Son las siete y cuarto, estamos en el centro de la ciudad.
Varias personas suben en la siguiente parada. El fuerte viento, mezclado con la ligera lluvia, le ha dado un toque especial a sus peinados. La mayoría llevan bolsas en sus manos. Bolsas blancas, con dibujos de triángulos negros y verdes. “Rebajas en el corte ingles”. Las lagrimas se acumulan en mis ojos, luchan por salir.
- Las rebajas aquí son penosas – Santi me coge de la mano. Siempre sabe como hacerme reír.- Creo que este año no vendremos. - ¿Con esos precios? Ni de coña.
Si me pasa algo, ¿tardará mucho en encontrar a otra? Vuelvo a pasar el brazo por el cristal, esta vez el agujero es un poco más grande. Otra parada. Sube menos gente, una chica con un niño enrollado con un impermeable. Santi me besa en la mejilla, justo cuando pasamos por delante de los juzgados. Siempre que hablábamos de matrimonio él decía que un día, cuando menos me lo esperara, clavaría su rodilla izquierda en el suelo y jamás me dejaría marchar. ¿Cuánto le costará olvidarme?
- El puente de StarWars – Dice sonriendo.
Siempre que pasamos por aquí dice la misma frase. Desde el día que le conocí, el día que entro en mi vida.
Fue nuestro primer día de trabajo basura. Un contrato de seis días vendiendo productos telefónicos. Puede que fuera el destino o sólo una de las casualidades de la vida, pero el único puesto libre estaba a su lado a mi lado. Estuvo toda la mañana mirando de reojo, sin decir nada. A la hora de salir se armó de valor y me pregunto hacia donde iba. “Vaya, yo también”, dijo. Dos semanas después me confesó que vivía al otro lado de la ciudad. No recuerdo casi nada de lo que hablamos, creo que se pasó el camino intentando que le regalara una sonrisa. Por aquellos días el puente estaba a medias y sus extrañas formas no dejaban adivinar el resultado final.
- Es una especie de homenaje a toda una cultura de nuestra generación. Fíjate bien. Parece la parte de atrás de la nave de Dath Vader. En la tele han dicho que se llamará “el puente de StarWars” – Meses después me contó que fue todo improvisado, que el valor de mi carcajada era mayor si no llevaba nada preparado.
En la parada de la Alameda sube una chica joven, cargada con una bolsa de deporte. Lleva unos auriculares en sus oídos, pequeños golpes de sus dedos marcan el ritmo sobre la correa. Me gustaría ser ella. No tener que ingresar esta noche, solo sentarme a ver una película y quedarme dormida en el sillón. ¿Será feliz? Imagino su vida. Su novio esperando que llegue, preparándole la cena. Aprieto la mano de Santi, le saco del laberinto de sus pensamientos.
Muchas veces juego a descifrar lo que pasa por su cabeza. Ahora esta deseando que el aire sople con más fuerza, que se convierta en un huracán. O mejor, en un tornado. Sueña con que el viento sea tan intenso que afecte a todos los lugares por los que nos hemos besado. Todos los que le hacen pensar en mi. Un aire que cambie la ciudad por completo, que borre todo recuerdo de mi existencia.
- Deja de mirarme así. Odio cuando intentas adivinarme – Hace un gesto de falso enfado.
Como le quiero.
Bajamos una parada antes de lo habitual. Quiero pasear de su mano, caminar por nuestra calle. Me gustaría pasar la noche dando vueltas por la ciudad. El barrio donde nací, ver la calle donde saltaba a la comba con Elena. Salir por el callejón hasta la calle San Vicente, hablar de tonterías hasta llegar a la plaza de España, donde nos desviaríamos por la calle Pelayo. Entrar en la librería, perderme entre libros cuyos títulos aún no conozco. Pasar por casa de Santi, escuchar las historias de su infancia de la boca de su madre. Continuar hasta la plaza de la Virgen, mirar como los turistas fotografían el Micalet. Y finalmente llegar a nuestro destino. El puesto de helados de antorcha.
Santi abre la puerta de casa y mira la bolsa de viaje. Se queda quieto unos segundos. Estos meses ha sido fuerte, en ningún momento ha bajado la guardia. Sé que esta noche se quedara conmigo y se inventará historias para hacerme reír. Mañana estará en la sala de espera y apostaría a que incluso creerá en Dios por unas horas, aunque no me lo imagino rezando. El viento abre la ventana con violencia, la casa se llena de aire congelado. Las llaves se le escapan de las manos, se queda agachado. Sus ojos no pueden mentirme. Un abrazo de cuatro minutos.
- Todo va a salir bien, ya verás - lo dice con la voz entrecortada, sus manos tiemblan.
Pero le creo.







Este relato es Estefania. Soy incapaz de leerlo sin echarme a llorar.

The way you wear your hat

Liam apagó todas las luces del bar y se sirvió la última copa. Era como un ritual. Todas las noches, antes de irse a casa, acompañado de su fiel amigo Jack, escuchaba la misma canción. Le gustaba la tranquilidad de las dos de la mañana, el contraste con el bullicio que reinaba un par de horas antes. Le encantaba la imagen de la Wurlitzer encendida, cómo la oscuridad se rendía ante su presencia. Deslizó una moneda por la gastada ranura y se acercó a los botones. D 7.Ella Fitgerald rompió el silencio y se apoderó del momento. “They Can't Take That Away from Me”. Liam se perdió en la voz de Ella como todas las noches, visitando tiempos mejores. “Si esta máquina pudiera recordar”.Lisa vio a Matt por primera vez una calurosa tarde de verano, cuando tomaba una coca-cola con sus amigas. Su aspecto desgarbado, el pelo rizado, las gafas de pasta. Nick Drake cantaba “Northern sky”. Tom escribió el principio de su novela frente al humo de un café, una chispa de inspiración provocada por un pletórico Jim Morrison y su “Light my fire”.Bill bebió su primer whisky sentado en la mesa más escondida. Buscaba la poción milagrosa para un corazón roto. Sam Cooke hizo que el momento fuera mágico. “You send me” se escuchaba entre las voces anónimas. Ella acarició la última nota. El momento terminó. Liam se acercó a la vieja máquina. Los tiempos cambian y los clientes cambian con ellos. Ya nadie quería escuchar viejas canciones en discos de vinilo. Le costó desconectarla. El enchufe era viejo, su convicción nula.
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Frank entró al sótano despacio, como si tuviera miedo de romper algo con sus pasos. Siempre le gustó bajar a escuchar música con su padre. No encontró un lugar mejor para recordarle. Deslizó la sábana que, cubierta de polvo, parecía proteger un preciado tesoro. Vio el libro de instrucciones encima de la máquina, como si estuviera esperando su visita. Frank pulsó con cuidado una combinación que jamás olvidaría. Ella Fitgerald rompió el silencio y se apoderó del momento. Arriba, los familiares y amigos de Liam se preguntaban de donde venía aquella vieja canción.







Un pequeño homenaje a la música, que se queda corto en extensión. Si no fuera tan vago podría haber sido un buen relato.

Siete minutos

- ¿Un último deseo? - Siempre quise ir a Escocia. A las tierras altas. Y sentarme a contemplar el paisaje junto a Angela. - Cierra los ojos. Tienes siete minutos. Al despertarse, Jeremi vio un cielo completamente azul. La suave brisa le obsequió con los olores del amanecer, mezclados con un toque a frambuesas que si bien no desentonaba con el ambiente, sí le daba un toque surrealista.
- El desayuno está listo. – Anunció una voz familiarmente dulce.
Jeremi se incorporó y se quedó sentado con la mirada fija en las imponentes montañas cubiertas por una suave capa de niebla.
- He tenido un sueño muy extraño. - Pero si apenas has estado tumbado cinco minutos. ¿Te ha dado tiempo a soñar?. – Angela le miraba curiosa. - He soñado que estaba en un hospital. No podía moverme, me dolía todo el cuerpo. - Eso es más bien una pesadilla. ¿Por qué estabas allí?. - No recuerdo esa parte. Pero casi al final, una mujer preciosa se acercaba a mi y me susurraba algo al oído. - Ah, ya entiendo. Y entonces la pesadilla da paso a un sueño erótico. – Dijo Angela con tono celoso. - No. Me desperté antes de que empezara la acción. –Contestó Jeremi haciendo una mueca de disgusto. Angela le golpeó el brazo como casi siempre hacía en esos casos.
Comenzaron a desayunar con la puesta de sol. Pese a no tener un aspecto nada extraordinario, aquella tostada untada con mantequilla y coronada con mermelada le supo a Jeremi como el mejor manjar que hubiera podido probar en su vida. Observó a Angela durante unos segundos, en silencio, aprovechado que ella rebuscaba en la típica cesta de picnic.
- Eres lo más bonito que he visto nunca. – Le dijo en el momento en que ella se giró.
Angela le regaló una sonrisa capaz de eclipsar al recién nacido astro.
- Te querré siempre, Jeremi Felson.
En ese momento, inesperadamente, el viento sopló con fuerza, arrebatando de la mano de Angela las servilletas floreadas que acababa de sacar.
- Ahora vuelvo. – Suspiró mientras se levantaba. - No te olvides de mí. – Susurró justo antes de salir corriendo. Jeremi le miró mientras se alejaba, siguiendo a aquellos trozos de papel que se desplegaban en el aire. En la distancia, parecía que Angela perseguía a un enjambre de violetas.
Jeremi se tumbó, sintiendo que nunca había sido tan feliz. Vio un cielo completamente azul. Cerró los ojos.
- Es hora de irse.
Jeremi murió solo, en una repleta sala de urgencias. Alia caminó despacio, paseando entre las diferentes víctimas del accidente. Encontró a Angela en el quirófano, donde dos médicos luchaban por salvar su vida.
Se acercó a ella lentamente. Acercó los labios a su ensangrentado oído. La voz como una suave melodía.
- ¿Un ultimo deseo?.







El hijo listo, en los pvs gustó mucho. Es equilibrado y corto, dos cosas buenas. Decente, aunque muy mejorable.

Cleopatra baja la luz de la luna

Conduciendo hacia la fiesta de Amanda, Dave rezó por no cruzarse con ningún policía haciendo su ronda nocturna. El trayecto era corto y las posibilidades remotas, pero solo imaginar el tener que dar explicaciones por su atuendo hacia que la idea no le pareciera nada atractiva. A su lado, Daniel sonreía absorto en las perspectivas que la noche le ofrecía. Dave tomo ejemplo de su hermano y dejo de preocuparse. Estaban a menos de tres minutos de su destino.
Al bajar del coche, Dave tuvo ganas de volver por donde habían venido, de no haber estado con Daniel lo hubiera hecho. Su único consuelo era que seguramente el resto de invitados se sentirían igual que él, así que prefirió no darle más vueltas.
- Estas guapísimo.- Le dijo Daniel con la misma sonrisa que adornaba su cara desde que salieron de casa. - Tu tampoco estas nada mal. - La noche es nuestra, hermanito.

Cuando Amanda abrió la puerta no pudo evitar mirar de arriba a bajo a los dos recién llegados.
- Bienvenidos a la fiesta de disfraces más importante de la historia. De la historia antes de Cristo. - Una genial idea, Amanda. Al menos los disfraces no han salido baratos. - Bromeó Dave. - Ya veo…..¿De que vais exactamente?. - Dave va de Leónidas, el heroico espartano. Y yo voy de Julio Cesar. - Dijo Daniel muy convencido. - Bueno, entonces no puedo evitar que entréis…………

Una de las razones por las que Dave aceptó la invitación fue porque era prácticamente imposible que se encontrara con algún conocido, aparte de la anfitriona y su propio hermano. Conocían a Amanda desde hacia años. Pasaron cinco de los veranos de su infancia con ella, ideando maldades e inventando juegos de personajes imaginarios. Cuando el azar hizo, hace casi un mes, que sus vidas volvieran a cruzarse estuvieron hablando durante más dos horas. Ella le contó que vivía en una pequeña casa a las afueras de la ciudad, que había heredado la empresa de su padre hacia dos años y que estaba casada con un rubio de impresionantes ojos azules. Dave le hizo un pequeño resumen de su vida actual, que en comparación con la suya no era nada emocionante. Amanda le invitó a su fiesta, amenazándole con que no aceptaría un no por respuesta.
- Pequeña casa. Es una jodida mansión. . – susurró Dave. - Ya, bueno. Los hombres y las mujeres nunca nos podremos de acuerdo en la eterna polémica de las medidas. - Vamos a por unas copas, necesito que el alcohol aniquile mi sentido del ridículo.

Perdió a Daniel por el camino. Al llegar a la barra, Dave se dio cuenta de que estaba hablando solo. Al buscarlo con la mirada le vio hablando con una chica “disfrazada” de leopardo. Bueno, si un top y un diminuto tanga se pueden considerar disfraz. Pidió un Jack Daniels y cuando el camarero se distrajo un poco salió por una puerta que daba al exterior con la botella escondida tras su capa, tenia curiosidad por ver como era el pequeño jardín de su vieja amiga. Tras veinte minutos perdido en un laberinto de flores y estatuas romanas, llegó a la piscina. No le extrañó que esta tuviera medias olímpicas o que estuviera equipada con todo tipo de lujos.
Al acercarse, Dave se dio cuenta de que no estaba solo. Todavía no podía distinguir de que iba disfrazada aquella mujer, aun estaba demasiado lejos y ella le daba la espalda, pero decidió que un poco conversación con una desconocida era justo lo que necesitaba en ese momento.

- Hola. ¿Tu también te has perdido? .- Dijo mientras se acercaba.
Cleopatra se giró despacio. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa y curiosidad.
- Pensé que nadie más superaría ese laberinto. - Creo que no sabes con quien estabas hablando………. - ¿Con un extra de Ben Hur? - Soy Leónidas. Temido por toda Grecia. Y traigo Whisky.

Aquella noche, Dave se enamoró de Cleopatra bajo la luz de la luna. Hablaron, bebieron, se bañaron en aquella enorme piscina. Si no llega a ser por la tormenta que pasada la media noche les obligó a resguardarse, podrían haber pasado allí hasta el amanecer. Bajo el aguacero, corrieron por el mismo laberinto que les juntó. Al llegar a la mansión, se dieron cuenta de que nadie parecía haberse enterado del fenómeno atmosférico. Encontraron a Daniel tumbado en una tumbona con la chica leopardo junto a la piscina interior. Por el lamentable estado del personal, parecía que la fiesta había sido importante.
- Puuuuupppppppppp.- El corcho de una botella de champan voló por los aires y la gente pareció despertar con tan mágico sonido. - ¡¡¡¡Que siga la fiesta!!!!!!!.- Amanda, con su traje de Afrodita apareció por la puerta, con la botella de champan en sus manos, seguida de un mayordomo vestido de egipcio cargado con media docena más.
Dave saludó con la mano a Daniel, justo cuando este se levantó a por una par de copas. Alzó su copa y la dirigió hacia su hermano. Se lo estaba pasando en grande, así que no tuvo ningún inconveniente en irse sin él.

Silenciosamente, Leónidas y Cleopatra salieron de la mansión. En el coche, conduciendo de camino a su casa, Dave rezó por no encontrase con ningún policía haciendo su ronda matinal.






Es un relato en el que no pasa nada, ligero y sin trascendencía. Otro título que mola.

Hazte astronauta

“Hazte astronauta” me dijo. La gente te adorará. Los niños querrán ser como tu. Y es un empleo muy bien pagado. Además, es muy probable que jamás despegues. Te pegaras la gran vida.
A diferencia de lo que la gente suele pensar, los astronautas odiamos nuestro trabajo tanto como las recepcionistas pueden odiar el sonido de un teléfono. No creo que a nadie en su sano juicio le gusten las practicas en el maldito tanque de agua por mucho que simule las condiciones en las que nos encontramos en el espacio. Es mas, creo que el motivo principal por el cual a la gente le interesa tanto este trabajo es simple y llanamente la pura vanidad. No tiene mucho de especial el ser abogado, médico o piloto de avión. Pero poca gente puede decir que es astronauta. En mi caso cuando me apunte a las pruebas no era mas que uno de los miles de trabajadores de la Nasa, un trabajador anónimo en el departamento de mecánica de aeronaves. A la convocatoria se presentaron mas de cuatro mil personas, todos ellos profesionales altamente cualificados y yo fui el elegido. Y todo por un consejo de mi mujer. “Hay una solución muy clara para tu problema de falta de reconocimiento en el trabajo”. “Hazte astronauta” me dijo.
Faltan dos días para el despegue y hoy nos enfrentamos a la ultima sesión de entrenamiento. Salimos de la base hace dos horas en un camión de la compañía, una unidad móvil de lujo con café recién hecho y donuts del día. Debemos estar en un centro ultrasecreto o algo así. Sentados en una mesa enorme, similar a las emplean en las en las grandes empresas para sus salas de reuniones, la tripulación al completo esperábamos con cara de aburrimiento. Hace unos veinte minutos una rubia de medidas ideales enfundadas en un traje de enfermera apareció de la nada y se llevó a nuestro comandante, Danny Anderton. Los ojos de Danny quedaron clavados en el trasero de la chica y la siguió como un galgo sigue a la falsa liebre. Diez minutos después la enfermera con cuerpo de top model vino a por Agatha Burgess, nuestra especialista de carga. Segundos después de que la única mujer de la tripulación abandonara la sala John Witwer, nuestro carismático piloto, hizo el comentario que todos esperábamos de el.
- ¿Habéis visto ese precioso culo?
Hace aproximadamente una hora que llegamos y en de nuestra improvisada reunión solo quedamos Jeff Fletcher y yo. No sé dónde estarán los otros ni que clase de pruebas se dedican a hacer en este sitio, pero desde luego no han vuelto por aquí. Justo un segundo antes de decidirnos a buscar a alguien para que nos diera algún tipo de explicación, la enfermera entro en la sala y dijo mi nombre con una inquietante dulzura. Antes de abandonar a mi compañero tuve la extraña certeza de que algo pasaba, algo que ninguno de nosotros podíamos imaginar antes de llegar a este maldito sitio.
Caminamos por un largo pasillo de paredes de acero carente de puertas o indicio de cualquier tipo de actividad. Al fondo, una puerta se abrió un par de metros antes de nuestra llegada. Entramos en lo que parecía ser un enorme laboratorio, lleno de maquinas que no había visto en mi vida y que no tenia ni idea de para que podrían servir. Busqué sin suerte algún signo de vida o algún rastro del paso de mis compañeros. La enfermera me digo que me sentara mientras señalaba con su mano hacia una silla de cuero y una mesa de pino macizo, algo que no pegaba demasiado con el resto de complementos de la habitación.
Menos de un minuto después de la desaparición de la enfermera llegó el Doctor Lamar Knott. No exageraría si dijera que era el tipo más extraño que había visto jamas. Completamente calvo, casi dos metros de altura, ojos azul grisáceo, mirada inquisidora.
- Quiero que conteste a cada pregunta de forma clara y sin ningún tipo de dudas. - Dijo nada mas sentarse frente a mí. - Como quiera. - ¿Es usted Frank Stevens, experto en sistemas eléctricos e hidráulicos? - Si. - ¿Esta usted casado o tiene familiares a su cargo? - Si. - ¿Cree usted en la existencia de extraterrestres, en la vida en otros planetas? - La expresión de mi cara cambio del cansancio a la sorpresa por la pregunta. - Todas las respuestas a cualquiera de las preguntas que pueda hacerme esta en mi ficha, no veo necesario contestar a este cuestionario. - Tanta espera para esta estupidez, pense.
Antes de dar opción a cualquier reprimenda por mi falta de disciplina, a un par de metros de donde estabamos se abrió una puerta que a simple vista era inexistente. De ella salió Danny Anderton. Me miró directamente a los ojos y no pareció reconocerme. Era Danny, eso estaba claro, pero no parecía la misma persona con la que pasé mas de dos años de instrucción. Esta demasiado pálido, sus ojos no expresaban emoción alguna. Incluso parecía andar de forma diferente. Tras él, la enfermera llevaba en sus manos una especie de bote del tamaño de una lata de refresco. En el momento en el que se cerró la puerta por la que salieron se abrió otra en otro punto de la habitación. Entraron en ella y el Doctor Knott reanudó su particular test como si nada hubiera ocurrido.
- ¿Tiene usted perro u otro tipo de animal de compañía? - ¿Que le han hecho al comandante Anderton? No tenia muy buen aspecto. - Decidí que la entrevista había terminado. - El comandante Anderton esta perfectamente, por el momento todas las…..- Y justo en ese momento, antes de que el Doctor Knott acabará de dar su pobre explicación la puerta por la que antes habían aparecido Danny y la enfermera rubia se abrió. De ella salió la misma enfermera con el mismo bote seguida de Agatha Burgess, con el mismo pálido aspecto. Era el momento de saber que estaba pasando. En un movimiento rápido me levanté de la silla y por primera vez la cara de Knott hizo lo que pareció un leve gesto de sorpresa.
- ¡Ey, Burgess! ¿Va todo bien?. - Le grite con bastante intensidad, como si estuviera a el triple de distancia.
- No me hizo el más mínimo caso. Continuo andando hacia la misma puerta por la que desapareció Anderton y en cinco segundos la escena terminó. Knott, con su mirada inexpresiva totalmente recuperada continuó con su mecánico trabajo.
- ¿Ha tenido alguna enfermedad grave a lo largo de su vida?. - Con el mismo tono monótono. - ¿Qué tienen montado aquí, una fabrica de tías superbuenas o algo así? ¿Qué tipo de pruebas nos están haciendo? .- Seguía de pie, aunque ni mis preguntas ni mi falta de protocolo parecían importarle lo mas mínimo. Ante su falta de reacción y la ausencia de cualquier tipo de respuesta, mis nervios se aceleraron. Golpeé con mis puños la mesa y Knott miró por detrás de mi espalda con la misma tranquilidad con la que me preguntaba su estúpido cuestionario. La enfermera rubia o una de sus gemelas me inyectó el contenido de una pequeña jeringuilla en mi brazo izquierdo.
El resto lo recuerdo como una mezcla de nubes y claros. Recuerdo darle un empujón para quitarla de mi camino. Recuerdo que intenté abrir la puerta por la que había llegado, pero era incapaz siquiera de encontrarla. Recuerdo correr hacia el fondo del enorme laboratorio y la puerta que se abrió cuando apenas me quedaban fuerzas para caminar. A duras penas conseguí cruzarla y lo ultimo que vieron mis ojos fue algo que a primera vista me pareció un efecto secundario de la droga que me habían administrado. Una nave enorme, tres veces más grande que cualquiera de los cohetes espaciales existentes en los archivos de la compañía descansaba imponente en una especie de hangar. Puede que por deformación profesional o por simple fascinación cuando caía al suelo, perdida toda movilidad de mi cuerpo, lo único que pense es en que tipo de sistema de despegue podría tener ese cacharro. Y entonces todas las luces de mi cerebro se apagaron.
Hace un rato que recuperé la consciencia. Sigo sin poder moverme un músculo y hasta que pueda hacerlo me niego a abrir los ojos, aunque dudo que lo consiguiera. Oigo unas voces conocidas, deben estar cerca, a unos seis metros de distancia.
- Espero que todos los humanos no sean tan hostiles como el penúltimo espécimen. Antes del intercambio nos dijeron que estos estaban entre lo mejor de la especie. - Eso nos aseguraron. De todas formas el anterior grupo ya nos informó de que el macho de la especie tiende a tener reacciones desproporcionadas ante situaciones adversas. - Y también hemos confirmado que se dejan llevar por las virtudes de la hembras. Parece que es una cuestión universal. Bueno, será mejor que preparemos al último miembro de la tripulación.
Oigo unos pasos que se acercan mientras intento mover mis brazos por última vez. Miles de preguntas surcan mi mente, pero solo un pensamiento la domina. “Hazte astronauta” me dijo.







El titulo mola y el principo no está mal, el intento por enlazar el final con el comienzo es curioso. La historia es sosita, un intento cutre de homenaje a las series de sci-fi.

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Es, cuanto menos curioso, que me haya quedado aquí atrapado precisamente hoy. En este momento, en este lugar. Llevo más de seis meses subiendo al menos dos veces al día a este maldito ascensor y nunca me advirtió de que esto podría llegar a pasar. Ni un ruido extraño, ni un ligero apagón. Una gota de sudor recorre mi frente. Tenia que ser hoy, uno de los días más calurosos del mas caluroso verano. El día en el que le diré adiós. Han pasado poco más diez minutos desde que la anciana de la puerta 12 escuchó mis tímidos gritos de ayuda y corrió histérica hacia su casa. ¿A quien se llama en casos como este?. ¿A los bomberos?. Seguro que están mareando a la pobre mujer. Es la gracia de los números de emergencia, son los que mas tardan en comprender lo que sucede. Quizás sea cosa del destino. El día que decido que definitivamente mi vida debe cambiar y justo en el momento que voy a enfrentarme a mi decisión me quedo en medio de dos pisos. El tercero y el cuarto si no me equivoco. En el tres y medio. Tenia las palabras preparadas. Las frases precisas. No debería de haberme ocurrido esto hoy. El día en el que le diré adiós. No es que no la quiera, todo lo contrario. Nunca imaginé que volvería a amar así. Intento por enésima vez que mi móvil me saque de aquí. Cuando nos venden estos cacharros deberían avisarnos de que en los ascensores no hay cobertura. Avances retrasados. Para no perder la calma decido ponerme a jugar a uno de los juegos que lleva mi pequeño ejemplo de tecnología punta inútil. A los diez segundos me doy cuenta de que la serpiente come puntitos no es la mejor idea de relajarme, siempre me pone de los nervios. Entro en mis mensajes recibidos. “Me muero por verte”. “¿que qué estaba haciendo antes de conocerte? perder el tiempo”. “No sabes lo que te echo de menos”. Así hasta once. Ahora es cuando debería pensar en mi mujer y en mis hijos. Pero, sentado en mi maquina del tiempo particular, entre el tercero y el cuarto, solo puedo ver su sonrisa. No puedo darle vueltas al asunto. Ya estaba todo decidido. Hoy era el día en el que mi vida volvería a ser segura, apacible y tranquila. El día en el que le diré adiós.
Yo quiero a mi mujer y no puedo perderla. Además están los niños, no me haría ninguna gracia que mis hijos crecieran con el lastre de ser los vástagos de un matrimonio separado. No quiero que crezcan lejos de mí. Ya sé que todo esto debería haberlo pensado antes. Antes de intentar seducir a la joven que solo con mirarme a los ojos conseguía darme motivos para respirar durante una semana. Antes de invitarla a cenar a aquel restaurante chino, donde la bese por primera vez. Antes de acostarme en su cama.
Puede que esto sea la mítica batalla entre el bien y el mal. El problema es que no se cual de las dos opciones es el bien, cual por eliminación es el mal. Mi mente y mi corazón libran una cruel batalla en el tres y medio.
Las luces principales del ascensor se encienden justo en el momento en el que empezaba a pensar que enloquecería en esta pequeña tumba de mi conciencia. Parece que Dios me quiere tocado pero cuerdo. Escucho la voz grave de un hombre y por un momento pienso que el todopoderoso ha venido a pasarme la cuenta de mis pecados.
- Señor, ¿esta bien? soy de la empresa de ascensores, en un minuto vuelve a funcionar. Cuando le diga pulse el número de piso al que quiere ir.
¿El piso al que quiero ir?. ¿Debo decirme ya, ahora mismo?. ¿Por qué no ha tardado media hora mas?.
No se a quien pretendo engañar. Si pulso el botón que lleva hacia arriba puede que el resto de mi vida vaya hacia abajo. Si no lo hago eso supondrá tener que dar mil explicaciones a las que seguirán citas en juzgados, abogados sin escrúpulos y pequeños corazones rotos. Haga lo que haga me equivocaré.
- ¡Ya funciona Señor!. ¡puede pulsar el botón del piso al que se dirigía!
Sudo como si las puertas del infierno se hubieran abierto frente a mi. Ahora, cuando por fin puedo salir de aquí, la idea no me hace ninguna gracia. Siempre he odiado enfrentarme a las cosas. ¿Y si tiro una moneda al aire?. Seria la solución perfecta, no tener responsabilidad sobre la decisión final. No. Se lo que quiero. Lo sabia el mes pasado, ayer, esta mañana.
Una extraña confianza guía mi dedo hacia el botón b. Hoy es el día en el que todo empieza a cambiar. Hoy es el día en el que le diré adiós.




Mí primer relato para los pvs de anika. Lo primero que escribo en este formato, nunca antes había intentado dar sentido a una historia. Flojo y más fallos de los que me gustaría, no he podido releerlo entero.