Sunday, November 26, 2006

Imaginando futuros imperfectos


En esta ciudad los autobuses no tienen horario. Para llegar puntual al trabajo debes estar en la parada al menos cuarenta minutos antes de la hora de entrada. Casi todos los días vuelvo a casa caminando, variando la ruta según mi humor. Si acabo harta de los clientes bajo a los jardines del río. Paseo entre corredores aficionados y chavales que entrenan para el partido del sábado. Conozco el nombre de la mayoría de los perros que corretean entre los arboles. No tengo ni idea del nombre de sus amos.
- Aquí viene.
Santi me tiende la mano. Sonríe. Guardo esa imagen en mi mente, para cuando se apaguen las luces y este sola.
No es la vuelta a casa que había planeado. Quería un paseo por la ciudad. Estirar la tarde, evitar la noche. He intentado disimular la tos, pero el aire helado esta mermando mis débiles defensas. Después de negociar un rato he conseguido que no volvamos en taxi.
Dos sitios juntos. Limpio el empañado cristal con la manga de mi chaqueta de lana. El conductor arranca y segundos después empieza a llover. “Más melancolía y no llegaré al hospital”.
Abandonamos la plaza del ayuntamiento lentamente, la curva es muy cerrada y la gente no le tiene demasiado respeto a los dos semáforos que les avisan del peligro. Son las siete y cuarto, estamos en el centro de la ciudad.
Varias personas suben en la siguiente parada. El fuerte viento, mezclado con la ligera lluvia, le ha dado un toque especial a sus peinados. La mayoría llevan bolsas en sus manos. Bolsas blancas, con dibujos de triángulos negros y verdes. “Rebajas en el corte ingles”. Las lagrimas se acumulan en mis ojos, luchan por salir.
- Las rebajas aquí son penosas – Santi me coge de la mano. Siempre sabe como hacerme reír.- Creo que este año no vendremos. - ¿Con esos precios? Ni de coña.
Si me pasa algo, ¿tardará mucho en encontrar a otra? Vuelvo a pasar el brazo por el cristal, esta vez el agujero es un poco más grande. Otra parada. Sube menos gente, una chica con un niño enrollado con un impermeable. Santi me besa en la mejilla, justo cuando pasamos por delante de los juzgados. Siempre que hablábamos de matrimonio él decía que un día, cuando menos me lo esperara, clavaría su rodilla izquierda en el suelo y jamás me dejaría marchar. ¿Cuánto le costará olvidarme?
- El puente de StarWars – Dice sonriendo.
Siempre que pasamos por aquí dice la misma frase. Desde el día que le conocí, el día que entro en mi vida.
Fue nuestro primer día de trabajo basura. Un contrato de seis días vendiendo productos telefónicos. Puede que fuera el destino o sólo una de las casualidades de la vida, pero el único puesto libre estaba a su lado a mi lado. Estuvo toda la mañana mirando de reojo, sin decir nada. A la hora de salir se armó de valor y me pregunto hacia donde iba. “Vaya, yo también”, dijo. Dos semanas después me confesó que vivía al otro lado de la ciudad. No recuerdo casi nada de lo que hablamos, creo que se pasó el camino intentando que le regalara una sonrisa. Por aquellos días el puente estaba a medias y sus extrañas formas no dejaban adivinar el resultado final.
- Es una especie de homenaje a toda una cultura de nuestra generación. Fíjate bien. Parece la parte de atrás de la nave de Dath Vader. En la tele han dicho que se llamará “el puente de StarWars” – Meses después me contó que fue todo improvisado, que el valor de mi carcajada era mayor si no llevaba nada preparado.
En la parada de la Alameda sube una chica joven, cargada con una bolsa de deporte. Lleva unos auriculares en sus oídos, pequeños golpes de sus dedos marcan el ritmo sobre la correa. Me gustaría ser ella. No tener que ingresar esta noche, solo sentarme a ver una película y quedarme dormida en el sillón. ¿Será feliz? Imagino su vida. Su novio esperando que llegue, preparándole la cena. Aprieto la mano de Santi, le saco del laberinto de sus pensamientos.
Muchas veces juego a descifrar lo que pasa por su cabeza. Ahora esta deseando que el aire sople con más fuerza, que se convierta en un huracán. O mejor, en un tornado. Sueña con que el viento sea tan intenso que afecte a todos los lugares por los que nos hemos besado. Todos los que le hacen pensar en mi. Un aire que cambie la ciudad por completo, que borre todo recuerdo de mi existencia.
- Deja de mirarme así. Odio cuando intentas adivinarme – Hace un gesto de falso enfado.
Como le quiero.
Bajamos una parada antes de lo habitual. Quiero pasear de su mano, caminar por nuestra calle. Me gustaría pasar la noche dando vueltas por la ciudad. El barrio donde nací, ver la calle donde saltaba a la comba con Elena. Salir por el callejón hasta la calle San Vicente, hablar de tonterías hasta llegar a la plaza de España, donde nos desviaríamos por la calle Pelayo. Entrar en la librería, perderme entre libros cuyos títulos aún no conozco. Pasar por casa de Santi, escuchar las historias de su infancia de la boca de su madre. Continuar hasta la plaza de la Virgen, mirar como los turistas fotografían el Micalet. Y finalmente llegar a nuestro destino. El puesto de helados de antorcha.
Santi abre la puerta de casa y mira la bolsa de viaje. Se queda quieto unos segundos. Estos meses ha sido fuerte, en ningún momento ha bajado la guardia. Sé que esta noche se quedara conmigo y se inventará historias para hacerme reír. Mañana estará en la sala de espera y apostaría a que incluso creerá en Dios por unas horas, aunque no me lo imagino rezando. El viento abre la ventana con violencia, la casa se llena de aire congelado. Las llaves se le escapan de las manos, se queda agachado. Sus ojos no pueden mentirme. Un abrazo de cuatro minutos.
- Todo va a salir bien, ya verás - lo dice con la voz entrecortada, sus manos tiemblan.
Pero le creo.







Este relato es Estefania. Soy incapaz de leerlo sin echarme a llorar.

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